Aquí voy, Vida
Aquí voy vida
en los pasos en el puño
en la garganta
desangrando en la tarde
toda la memoria
como quien deshila
los jirones del grito.
El cielo se ha abierto otra vez
para ahogarme de azul
y los templos desbordan
su tardía muchedumbre.
Aquí voy vida
sumido en el rumor del silencio
perdido entre las voces
arrojando de mí toda duda
desgarrando el enigma
desnudo y deshecho y en llamas
como partido al ocaso
entre pájaros de fuego.
Somos de tierra en el aire
de penumbra en la tierra
palabra caída del sol
que se perdió en el barro.
El aliento me entra y me sale
como una espina de luz
por eso he abierto los brazos
porque no tengo alas
porque el río me surca
a través de los pies
y los pasos me ahogan.
Por eso me río.
Aquí voy mi vida
desclavando las manos
del temblor
descalzándome
aferrado a tu alma
con toda mi ceguera
deshojando los días de tu noche
que sos la muerte, vida.
Desandado feliz descubierto
que sos la vida, muerte.
Girando aquí voy
como un filo de lirio
a tomarte de mí.
Se ha Levantado la Brizna
Se ha levantado la brizna
y ya prepara el aroma
huracán de pájaros
que me sube por la tierra.
Yo soy esta tierra
en la que yacen mis muertos
esta bandada deshecha y en fuga.
La sombra cae se arrastra
se hunde
y del naufragio asoma el alma
doliéndose de justicia
arrasada de claridad.
Han vuelto al agua los cuerpos
a retomar el bautismo
y el viento promete
tejerles otro nombre.
Tormenta de gorriones
huracán de mirlos
se hallaron los amantes
en medio de la guerra.
Afuera caen los soles
se levantan los nacientes
y entre las llamas más hondas
se está forjando una alianza.
Tormenta de pájaros
huracán de gorriones
que esta sangre me ahogue
y me lleve.
El día se clava en mí
como un puñal de luz
y la vida se me vuelca
derramada por la vida.
Se han desatado las manos
del suicidio y la miseria.
Ya les llega la tormenta
el huracán el delirio
como a la raíz de un grito
abierto y boca arriba
como a estas dos palomas
sudadas y blancas.
Barro Ardiente
Barro ardiente y calcinado y sediento
en que la fértil me ha dado y vive.
Barro erguido que soy de tierra tajante
aquí se festejan la sombra y la llama.
Es el caudal del abismo que se quiebra y ahoga
como pez del silencio arrojado al vacío
como una palabra tañida o empuñada
un golpe en el alma un filo en la sangre.
Toda voz enmudece cuando el verso la penetra
y sólo queda la huida crepitando, el alarido.
Entonces la fecunda vuelve a darme y a serme
porque soy el canto vibrante del cielo
el ser que cae el suicidio de Dios.
Así, despierto, con la boca en el polvo,
se hace bueno besar el origen.
Recojo las manos perdidas los pies que se fueron
y rehago en la piel las astillas del día
gimiente llamarada que irrumpe en el mundo
para seguir rodando su eterna pendiente.
Barro ardiente calcinado sediento
el ocaso es una lánguida gota de arena.
Yo me arrastro, a tientas me desduelo
pero la huella no sale de su hondura fulminante
y el camino hacia el pájaro
se enturbia y enrojece.
Del Agua, del Grito
Del agua del grito del cuerpo he nacido
y los devuelvo
más allá de la piel lo dejo todo.
Sólo esta quemadura que soy me pertenece
ni lo que doy ni lo que toco
ni lo que abrazo es mío.
La mañana se reparte como una hogaza infinita
como una mano ciega que se da en silencio
¿cómo conservar tal derroche, tal torrente?
Yo no quiero quitarme de la tierra
ni quiero que la tierra me espere
desgarrada
por eso me apropio de todo lo que amo.
Soy ese instante de fuego soy el incendio
en que mi vida se descubre y se derrama
y lo que amo vive y ama fuera de mí.
Quiero la aspereza la humedad el aliento
el surco abierto palpitando en la penumbra
la luz del día y el pajar y el barro
quiero revolcarme y gozar de la pobreza.
El animal que me urge está desnudo
no hay ropaje que pueda cubrirlo.
Afuera el mundo propaga su inocencia
difunde su bondad huyendo entre los pájaros
y una boca abierta le contiene el clamor
el grito de agua en que el cuerpo se nutre.
Ha caído la tarde, entregada a las sombras.
La noche le despoja su aromada vestidura
y aquí, abajo, a los hombres
se nos descalza el pudor.
Me Salvo de la Lágrima
Me salvo de la lágrima mortal
me desahogo
me arranco del llanto como quien nace
y mi vida es esto que se enjambra
esto tan mío y tan lleno de cuerpos
que yo debiera darme a su salvaje mordedura
y no pedirle piedad
abandonarme.
Pero no encuentro el conjuro de mis lluvias
y mi sangre se deshace secamente
en un gesto final y silencioso.
Entonces la lluvia sucede al fin
y el alma desteje su atavío de cenizas.
Si al menos el ocaso no fuera tan de vino
y yo pudiera llorar por lo que río y ando
si la pérfida penumbra dejara de poblarme...
Estoy queriendo caer, como la tarde
como ese pájaro que huye del incendio
y otra vez el racimo se me brinda.
Quiero tu amistad mi vida
sólo eso.
Ya no puedo desflorarme el pecho
hace tiempo ha proclamado su rojura.
Desnudamente vida mía
quiero tu amistad.
Se ha cerrado la sombra y nos convoca
como a la oscura liturgia de la sed
como a un sacrificio ciego y gimiente.
Yo arrojo la piel a esa cuenca sin nombre
en ese bautismo apago mi fuego herido
y pido tu mano, hermana
tu mano vital:
quiero dejar allí todos mis besos.
Yo, que caí de tu Vientre
(a la madre Tierra)
Yo, que caí de tu vientre
como espiga cegada
y he crecido en tu lecho
infinitamente húmedo
y he recibido las cumbres
arrogantes de tus pechos
y me he perdido en tus valles
abiertos y salvajes
debo quitarte la vida.
Yo, que me he dado a tu abrazo alucinante
y he bebido del delirio de tus venas
y he llorado largamente
por tu voz mojada
ahora debo vivir
inexorablemente.
Aún hambriento he respetado tu estatura
y me he negado a la ceguera
que debo cumplir
y ser oscuro
como la hondura del grito
como mi esencia de raíz
amarga y muda
que quiere callar tu incestuosa palabra.
Debo arañar tu cuerpo
eternamente desflorado
y tomar de allí lo que es mío
lo que perdí.
Se me ha templado
un puñal en la lengua
para el beso
y harto de recorrerte
mis pasos aprendieron la harina.
Voy a quitarte la vida
voy a devorarte.
Soy los pies que te pisan
las manos y los hombros
el vino del pecho y las alas
soy el hombre
y llevo en la boca un incendio
que debo derramar.
Pero tu alma no conoce el llanto
y se transforma.
Vas a salir de las llamas
para volver a mí
y yo voy a tomarte
entonces
como el pájaro marchito
que reparte entre sus hijos
las migajas del sol.
Aquí, sobre el Montón
Aquí, sobre el montón
el viento inquieta las hojas
y les sacude la sangre.
La tarde ha muerto.
El polvo se adhiere a la manada
ciegamente y peregrina.
Ha muerto la tarde dije.
Debo acabar estos versos y huir
salvajemente.
Nunca tuve razón para el dolor
que me ha parido
pero estoy buscando mi origen.
He transpirado la sonrisa
en el intento
de juntar la sal del llanto
para engullirme.
Se me ha dormido la lengua
de tanto andar.
He raspado mi susurro
bajo tantas orejas
que se ha vuelto un gruñido
áspero y desnudo.
Debo ser implacable
como el sol de mis días.
Tengo derecho desde hoy
a las cosas frágiles:
la paz que conozco
deviene del ciclón.
Compañera del Ocaso
Hermana de la hojarasca
cómplice de la brisa:
yo le doy a la desnudez
su dimensión de herida.
Me ha lamido la sombra
de tu ahogado merodeo
y ericé los dedos,
la pelambre, la columna.
Salí del silencio en tropel
una mano, un talón, una lengua
a clavarte cada cual su jadeo.
Tejedora del rocío
hermana del otoño
desde que anduve tu melena
ya no tengo refugio.
He penetrado y sacudido
la espiga de tu talle
y se me ha perdido el grano.
Pero quedé con la luz afuera
con la boca abierta y oscura
como el fondo de mi alma.
Puedo atarte las manos con mi cuero
y vendarte los ojos
y rajar la tela que te oculta
y doblarte la espalda.
Puede quedarse el aliento
pegado a tu nuca
y llenarse de gritos
para no hablar.
Señora del horizonte
compañera del ocaso:
voy a dejar mi puño
apretado en tu pelo,
voy a mojar la boca
en tu gimiente humedad
y te voy a arrastrar debajo mío.
Todo lo que agite o clame
voy a hacer
todo lo que sude.
Espero esa palabra
venida de los pies
esa canción de tus pasos.
Sólo espero tenerte a mano
y poder morderte cada sonido
hasta que no haya esperanza
hasta que el tiempo sea un pájaro
fugaz y posible.
Estoy dando la vida, otra vez,
como he dado la paz.
Virgen de las cenizas
mujer mía y del polvo:
yo le doy a la herida
su condición final.
Momentos
No tengo la mano hecha capullo
ni se han desafilado las palabras
ni enmudecieron mis pasos, todavía,
que me recorren la historia
en este gris peregrinaje
y me dejan aquí, a tu lado, enceguecido.
No puedo ver, ahora, el puñal que anduve
ni perder los ojos en la abismal bandada.
Se me quema la mirada en un nombre
y reconozco los sueños perdidos.
Quiero tu voz, de nuevo, para tocarla.
Quiero lograr la desnudez y repartirla
como una mañana de marzo o de octubre,
como una hojarasca final pero infinita.
Confieso que tu risa me deslumbra,
que la vida es posible en un solo destello,
que mis pájaros huyen,
que yo quedo indefenso.
Creo poder deshilar alguno de tus pies,
blanquísimo, pequeño.
Nunca supe por qué hay momentos así.
Tan felices. Tan fugaces.
Sólo sé que tu luz me marcó para siempre.
Que tu risa se queda.
Que la tarde se muere.
Aquí la Mañana
Aquí la mañana
el ruido de los pasos arañando el suelo
y la luz que otra vez
ha lanzado sus astillas
a hundírseme en los ojos
a que el rayo me surque
a que la sombra roja que navega las venas
tenga algo de verde, de azul, de amarillo.
Aquí va la hojarasca del sueño
deshojándose en las calles
la silenciosa palabra de cada vida
enredada en la penumbra de sus ruidos.
Tumulto gris
y colorido, y frío
y asoleado.
Una mano. Una boca.
Aquí va la mañana otra vez
llevando el día
tranquila, húmeda, inflexible
abriendo sus párpados de viento
transcurriendo, inmutable
como la mayor de todas
sus marionetas vencidas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

1 comentario:
hola!! soy flor la petiza normal! solo pasaba a decir q encontré tu blog!! no pude leer nada todavia pero el libro m gusto mucho igual.
Besos
q andes bien
Publicar un comentario