I
Merezco desayunarme
en tu boca
gota a gota tejer
un tapiz de saliva
renovar cada día
el sabor de tu lengua
en un hueco amparar
la mordaz certidumbre
y morder, que no daña
y dañar el olvido.
Merezco el auxilio
de tu inmensa cadera.
Su número abierto y redondo
su tajo voraz, verdadero
es la única cifra
es el único abismo.
Toda razón reposa
entre los gajos de tu pecho
desbordante salario
de cada jornada
redundancia de luna gigante
salada.
Merezco lamer ciegamente
el latido
y latir el lamido, cegado
y sedarme, cebado.
Merezco tener libertad
en tus venas
errar con mi nombre
perdido en tus pelos
ser la gota que te moja
resbalarte adherirme
despertarte
caer por tu curva infinita
sin hallar fondo
remontarme de tu huella
postrada
hasta lo más hondo
y hallarte en el fondo.
Merezco ser mejor
que la sombra
ese enjambre de recónditos
estorbos
concebirme de tus brazos
aleteantes
alaridos de bondad
ser tu gemido...
Ya perdida la inocencia
perder la dignidad
y ser tu auxilio.
II
Un aluvión de trigo que caía
como metralla del deseo
por tus hombros
el puñal de una lengua después
y ninguna palabra en la saliva.
Una calle de azahares, quizás,
en los naranjos
conduciendo a tu arábiga cintura
un empedrado musgoso
un campanario infantil y devoto.
La sentencia de la luna tiene faces
amarillas grises relucientes
demacrada calavera de la noche
que se llena y es el pecho desnudo
que te imita la galaxia.
Una fruta partida
tu acarozado corazón
una oscura y promiscua golondrina
cautiva de tus lluvias.
Una tarde de lluvia también
en tu balcón
una larga y mojada caminata
de diez dedos mutuos, apretados
inservibles plumas enredadas.
Y el puñal de la lengua otra vez
asediando palabras
que son laberintos
que ultrajan la boca.
La boca se seca
reniega del viento
y amanece sola
mordiendo los sueños
donde un aluvión de trigo caía
como metralla del deseo
por tus hombros.
III
Ya estoy cansado papel
de tantas convulsiones.
Quisiera poder respetar tu blancura
sin la culpa ni el apremio
sin la desazón.
Ya estoy cansado de decir
lo que siempre ha sido inútil.
Que lo que quiero no llega
que la luna gira y alumbra
y lo que pasa no vuelve.
Que lo que espera no encuentra.
Ya estoy cansado papel
de que la lágrima se explique.
En un consuelo callado
prefiero arrugarte
y desahogar la nariz.
El ojo abierto y sonámbulo
de la ventana
engulle un crispado
horizonte de torres.
Necesito agrandarte papel
doblarte desplegarte montarte
y huir por la boca bostezante
de esa ventana
sobre un horizonte crispado de torres
hacia esa luna,
que gira y alumbra.
IV
Mi azulada golondrina trasandina
que me ha alejado de los Andes
porque andes donde andes
yo te persigo y me persigno
si pernocto junto a tu docto cuerpo
que es el cuerpo del delito
en el que incito el exquisito arbitrio
de elegirte como vulva para abrirte
y perseguirte, que eso digo
y si prosigo todo el trigo
que antes casto y ahora siego
se pervierte y se divierte
el inerte corazón dando de tumbos
en tal tumulto de cúmulos
que en él ausculto el gentío
bravío del río ignoto
que habita en mí.
Y no es que sea panacea
la quimera del instinto
ni es que el tinto tinte de la sangre
me arrebate, es el sino del cieno
en la sien palpitante del deseo
es el anverso de elevarte revolcarte
y empalarte el estandarte de mis besos
que son esos ahora presos pero ilesos
que antes libres mas sensibles
se escurrieran en el tiempo
hacia el templo inmenso de lo inmerso.
Mi azulada golondrina amilanada
almidonada la senda de tus días
transcurre con premura dilatada
y yo a tu lado
que es el lado más caldeado
me he ladeado hacia el vado del infierno
donde ya no hay más invierno
que la ausencia ni más comparecencia
que la transparencia cruel de la inminencia.
Si pudiera dirigirte en la orgía
que todos queremos y podemos
pero frenos, enredos y desvelos
nos apartan y nos hartan de prudencia.
¡Viva la viva y vital vida vivenciada
no la negada espalda de la nada!
Mi azulada golondrina del perdón
no es que el don de la expansión
se haga jirón ni el pichón de la concordia
se desplome, es el plomo que se dora
en esta hora en que implora mi vena
tu condena final o tu total indulto
y no leas insulto donde hay culto
al presunto porvenir de libertades
que son estas las verdades
que en los lares barriales se destierran
pero hago tierra en ellas
y en ellas los altares
donde entrono tu trono de traste
hasta el tronco para ronco gritar
y así dar seminal final a este cantar.
V
¿Cuál es, sutil desatino
tu conjura en la encrucijada:
el labio, la tersura, la mirada
el pulso rojo de mi destino?
No me digas nada, lo adivino
brote infantil de la íntima nada
que nos enhebra y nos deshilvana
que nos enfrenta un día en un camino.
¿Cuál es esa gota perfecta
ese brillo matinal en el rocío
abismo de luz, de paz, de vacío
que merecen tu boca y tu piel erecta?
Casi ninguna respuesta es la correcta
y casi nunca tu cuerpo será mío.
VI
Un papel en blanco es el pasado
un camino largo y vacío
se arrincona con la sombra, con el frío
loco de pobreza, murmurando.
Un instante muerto, ya pasado
el cauce seco de ningún río
un paso que busca con el mío
la bondad de saberse consumado.
Entonces no importa si he matado
o es mi sangre lo que ansío
lo que nunca tuve, nunca he dado.
No importa si me quedo aquí enterrado
o corro, o me escapo, o me extravío
todo lo que está, está pasando.
VII
Te sorprendió el dolor
que yo guardaba
como un suicidio silencioso
como un puñal en la memoria
recitando la ausencia y la distancia.
Te sorprendió mi muerte
ahogada ya en mi alma
y quisiste llorar
calladamente
llorar por todo.
Ahora me tengo
desnudo y en llamas
al borde de la vida
al filo del asombro.
No pretendas que vuelva
la risa que me viste.
Se ha perdido.
Pero en el mismo dolor
que descubriste
en la hondísima sangre
que respiro
hallarás mi voz
que se reanuda y se descanta
como un gorrión
oscuro y luminoso.
VIII
¿Qué savia surtirá tu esencia de raíz,
qué profundo verso me abrirá tu grito?
Te toqué apenas, como se toca a un cometa,
y me quedaron las manos ebrias de luz.
Te vi pan, te vi bandera, te vi poesía
el silencio latente de tu lucha me llevó.
No tengo más que un racimo de hojas secas
y un manto de polvo y un cofre vacío.
Y la espera fundada entre el oro y el verde
y un nido tejiéndose y un niño desnudo.
Sé que no tengo la riqueza del fruto
sé que no te tengo.
¿Qué sangre llevará la búsqueda a mi herida,
qué sol me traerá tu pureza de luna?
Apenas me tocaste, y me quedaron tus huellas
de cara al viento, y al empeño, y al camino
como sedienta locura de perpetuar el contacto.
IX
Hoy te vi.
Como un canto sin palabras
la vida pasaba
con su torrente de apremios
y me dejaba en ningún puerto.
Hoy te vi.
Te vi tan llena de nidos
que tuve un pájaro en el alma.
El trino se me hizo voz
se hicieron manos mis alas
y el verso se deshojaba
como la duda en la flor.
Hoy te vi
apenas un momento.
Quedé despierto para siempre
me desterraron los sueños.
Hubo verdad en los altares
con sangre viva en las copas
y una plegaria en el incienso.
Cantaba tu aroma
latía tu cuenco
y en ese templo
no sé si yo imploraba
o si era el dios que recibía
pero hoy, cuando te vi,
casi lloraba.
Estabas llena de canto
como las cosas sinceras.
Enardecido de esmero
yo caminaba a la siembra.
Hoy te vi
y quise hablarte
y sin embargo se fue
mi claridad a un poema.
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