NOCTURNAS de fondo blanco

Sombra

Sombra en que me veo y que piso
sombra que soy, de mí, reflejo oscuro.
Pálida sombra en que me pierdo y discurro
por la gris muchedumbre del día.
Sólo la noche podrá tapar las grietas
con la espesa tintura del olvido.
El olvido del sol, que desnuda miserias.
El olvido del hambre, que anida en los huecos.
El hueco que soy, que anochece, que olvido.

Me asombra la múltiple sed que me puebla
una sed rojiza y profunda, de acero.
Acero en los párpados sedientos de ver
acero en la lengua fija y desusada.
Sólo la noche podrá borrar el rastro
en su boca asesina de nombres.
Nombres vacíos de tantos extraviados
ancianos nombres de viejos asesinos.

Soy la piel de la sombra, la mía
la que marca el jirón de los pasos
la que ayuna de todas las caricias.
Soy el alma, la sombra, vómito del cuerpo
que el piso ampara. El polvo. La nada.
Soy lo que queda de mí a cada instante
náufrago de astillas que se astillan
que se parten.
Sólo la noche juntará los huesos
los huesos de su larga y espectral
caravana.


Lacerada

¿Qué sería de mí sin tu carne lacerada
sin la herida que te abre las piernas y que horado
sin el tajo en que la grupa te desgaja la espalda
sin la llaga enrojecida que te agarganta la cara?

¿Qué sería de mí sin tu piel de condenada
si mi palma no golpeara tus picos enervados
sin la furia alimenticia de la cruel dentellada
si mi mano implacable no apretara tus costados?

Sólo queda el ahogo del espasmo, la esperanza
de sentir cómo se curvan los dedos afilados
de lograr la feroz certidumbre de la garra.

Sólo queda enarbolar mi mástil en tu aldaba
llenarme de los gritos más espesos y mojados
y dejarte las orillas ardidas y violadas.


No se Detienen

No se detienen
nunca.
Los relojes implacables
de la urbe
siempre urdiendo
su mortal conspiración.
Se remueven en su seno
los no natos
muchedumbre de fetos
consagrados al suplicio.
No se detienen
jamás.
El crujido de los huesos
que se alargan
la caída de los dientes
la erupción de las mejillas.
Ese es el ruido maquinal
de los relojes.
El pelo que crece
el pelo que cae.
También la carne cae
y se repliega, y se abulta.
Ese es el ruido.
Humedad que se seca.
Quebradizo
así es el ruido.
Los relojes de la urbe
nunca se detienen.
Nunca.


Noche Demencial

Qué maravillosa noche demencial.
El lamento de los gatos
dolidos de lujuria
teje cordeles de espanto
por la ventosa soledad.
La noche es una fisura
donde se agolpan derrumbes.
No es posible morir a medias
presiento
sólo vivir aterrados
de no poder escapar.
Los ruidos se persiguen
ferozmente
mordiendo las orejas
de los tristes exilados.
Qué maravillosa noche de suicidas
o noche de vivientes
del riesgo asumido y mortal
de transcurrir
del riesgo de portar
los más horrendos laberintos
en la entraña de este hambriento
deseo de existir.
Nada existe, lo sabemos.
Sólo ese aullido en los tejados
que es de gozo, o de cadenas
o de extraviados.


La Palabra Precisa

¿Cuál es la palabra precisa
para llenar el vacío de la boca
el hueco púrpura del pecho?
¿Cuál es la paloma enrojecida
que me salve, emergiendo
no de los labios ni del vientre
sino de las manos resumidas
en el largo gemido de la historia?
¿Cuál es la historia que me falta
perdida en el gentío, ausente
en la infinita muchedumbre de los otros
en el brutal acantilado de la ausencia?
Razón expirada, locura de los dientes
que cabalga en el aullido
desertor del mundo.
Un cuervo me naufraga los ojos
y el silencio, que atormenta,
demora la mañana.
¿Cuál es esa palabra
que sólo se pronuncia en un instante
en el puñal abierto de unas alas
en la alborada sangrante del destierro?
Quiero exaltar la oquedad, distribuirla
en esta misma tierra en que mis huellas
presionan las prisiones de los muertos.
Me lastima la conciencia lacerante
de tantos homicidios...
que de partir, se parte el alma
y de perder, estoy perdido.
Quiero pronunciar la desolada canción
del desconsuelo, y agotarla
y consumar el suicidio de la tarde
y regresar por sus rampas desangradas.
Acompañar el azul, cuando tirite
amortajarme la piel desamparada.
Voy a tener esa palabra malherida
que se asombra del blanquísimo eufemismo
que se hunde, mortal y verdadera
y desparrama, final
mis despojados marfiles amarillos.

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